El Café
Portamos sobre nuestras espaldas un ya considerable fardo de rondas y salidas nocturnas. Hemos procurado visitar garitos de todos los pelajes, pero repasando un poco, concluyo que el denominador común de todos ellos venía marcado por la buffanga, el barullo, el mogollón, y un generalizado bullicio. Nos vemos obligados a utilizar los codos para apropiarnos de un pequeño pedazo de barra donde establecer nuestra cabeza de puente.
Esta noche, cambiamos el registro y la copia sin perder las sombras que nos amparan, decantandonos por un garito más íntimo, clásico y sosegado. Necesitamos paz y cierta tranquilidad, que aún arrastramos el triste cansancio resacoso de Reyes. Estamos algo machacados, deseamos hablar sin que nuestra voz necesite del grito para la conversación, nos apetece sentarnos en cómodas sillas de madera noble y no ... ... ... achuchan allá por los higadillos y se impone una pausa para renovar fuerzas.
Nos trasladamos hasta la calle Serpis, al Café Bla-Bla que, más o menos, queda en la parte trasera de la plaza de Honduras. Dicho café se encuentra en los bajos de un edificio alto y nuevo. Enfrente de él, al cruzar la calle, uno se topa con una huerta que posiblemente esté lanzando su último suspiro, pues no tardará en verse aniquilada y engullida por el cemento.
Hace un frio que arranca las orejas y congela la punta de la nariz. Nos castañean los dientes como si fuesemos un pecarí ante un jaguar venezolano (el pecarí, animal raro semejante a una rata gigante, tabletea ruidosamente cuando le acosa el jaguar para ver si así lo disuade). Pero en fin, basta ya de faunos selváticos, para fauna, con la nocturna tenemos de sobra.
Lo que cabe en una barra
¡Ah! Que gustazo da, al traspasar la puerta, sentir una oleada de calorcillo hogareño que te acaricia con los mofletes, las orejas, y la punta de la nacia. Señor, señor. ¡Mi reino por un poco de calor, una barra amiga, y un carajillo de crema de Whiski! Apalancamos cuerpos y trastos sobre la barra, en silencio, saboreando la calma del local; una calma que no se ve rota por la música que suena, un viejo tema del borrachin de Joe Cocker de los de antes de su espantosa y famosa canción para ambientar el destape de la rubiales Kim Basinger en la película 9 semanas y pico. Pobre Joe Cocker ... toda una vida rompiéndose la garganta, creándose fama de maldito, para luego alcanzar los millones de dólares y la fama mundial por aquello de que la pecadora Kim enseñara muslo y pechuga bajo sus acordes en una escena de videoclip.
Vicente, el colega que ejerce de chofer acompañante durante nuestras rondas, sorbe sus mocos con melancolía efectuando un sonido que me recuerda al de un turmix casero. Pepe Marín proyecta vaho sobre sus lentes fotográficas intentando descongelarlas. Un servidor se frota las manos y pasa la mirada ... ... ... Es una de las barras más completas que hemos visto por ahí.
Posee una pecera con un pez incluido, como es lógico. "¿Es una piraña?", pregunto movido tal vez por el exotismo de mi recién adquisición "Operación Anaconda" (donde aprendí lo del pecarí...). No, no lo es, me cuentan que es un pez tropical. Cuatro botes a disposición del cliente, se arrullan juntos también sobre la barra. Contienen kikos, altramuces, pistachos y cacahuetes. Si pides una caña, el Bla-Bla tiene la sana costumbre de adjuntar un platito de kikos o de lo que más te guste. Nosotros, al ser gratis total, esa vieja fórmula catapultada a la opinión pública por Solchaga, trincamos una ración de kikos y "cacaus". No tenemos hambre, pero los kikos y los "cacaus" enganchan una barbaridad. En cuanto pruebas uno estás perdido y te es imposible parar. Lo malo de esto es que después, una pasta espesa se te pega a las muelas, pero bueno, qué se le va a hacer.
Pero aún hay más cosas sobre la barra, se las enumero; alliende los botes de pistachos y similares crece el tirador de la cerveza
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